Robespierre,
destacado líder de la Revolución Francesa, caído en manos
termidorianas fue llevado a la Plaza de la Revolución y, en nombre
de la Revolución, guillotinado.
A la caída del
Tercer Reich, en los Juicios de Núremberg la mayoría de los
jerarcas nazis fueron condenados, en nombre de la vida, a la pena de
muerte a través de la horca.
A la caída del
régimen fascista italiano, Benito Mussolini fue fusilado y su cuerpo
luego fue trasladado a Milán para ser colgado públicamente boca
abajo.
Y así, hasta hoy,
se va repitiendo la historia porque quizás la historia está hecha
para repetirse hasta el hartazgo. Sin embargo yo creo que, muchas
veces, un enemigo es como un espejo donde nos reflejamos sin darnos
cuenta. Pero también ocurre que no existe el espejo perfecto que no
devuelva una imagen que se encuentre aunque sea un poco, hasta
imperceptiblemente, distorsionada, y en la conciencia de esto es que
está la posibilidad de diferenciación. No vaya a ser cosa que de
tanto mirarnos en el espejo del enemigo nos transformemos en piedra.
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