jueves, 8 de enero de 2015

Robespierre, destacado líder de la Revolución Francesa, caído en manos termidorianas fue llevado a la Plaza de la Revolución y, en nombre de la Revolución, guillotinado.

A la caída del Tercer Reich, en los Juicios de Núremberg la mayoría de los jerarcas nazis fueron condenados, en nombre de la vida, a la pena de muerte a través de la horca.

A la caída del régimen fascista italiano, Benito Mussolini fue fusilado y su cuerpo luego fue trasladado a Milán para ser colgado públicamente boca abajo.


Y así, hasta hoy, se va repitiendo la historia porque quizás la historia está hecha para repetirse hasta el hartazgo. Sin embargo yo creo que, muchas veces, un enemigo es como un espejo donde nos reflejamos sin darnos cuenta. Pero también ocurre que no existe el espejo perfecto que no devuelva una imagen que se encuentre aunque sea un poco, hasta imperceptiblemente, distorsionada, y en la conciencia de esto es que está la posibilidad de diferenciación. No vaya a ser cosa que de tanto mirarnos en el espejo del enemigo nos transformemos en piedra.

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