domingo, 1 de febrero de 2015

Las tres vidas

¿Cómo vamos a ver nuestra vida si al llegar a su final somos plenamente conscientes de ello? Pero también se trata de una actitud para con la vida aún desconociendo cuándo va a ser el ocaso.
Siempre me pregunté qué, por qué o para qué, y nunca la respuesta es la misma. En general, creo, depende del momento actual de cada uno. Sin embargo, quiero compartir tres poesías que se enfrentan a estos interrogantes de maneras distintas. Quizá las tres sintetizan lo que se suele creer o sentir, que suele ser lo mismo.

Amado Nervo se va “En paz”, está en su ocaso y siente que la vida nada le debe. Nervo es consciente, o siente, que cosechó su siembra. Quizá es un conformista. Lo que no tuve no debí tenerlo, lo que tuve estuvo bien tenerlo.

Borges -al menos la poesía se le atribuye a él, aunque no se sabe con certeza-, que difícilmente estuvo en paz consigo mismo en algún momento, termina sus días con el sentimiento de que nada ha logrado: “El remordimiento”. Todo lo que tuvo de nada le sirvió: no ha sido feliz. Al leerlo, invade la melancolía de ver una vida gastada, de tiempo perdido y de arrepentimiento.

Por fin, Francisco Luis Bernárdez nos trae una tercera vía: la experiencia. Nos deja un mensaje claro: busquemos recobrar. Si nos caímos, nos levantamos. Nos vamos a volver a caer, nos vamos a volver a levantar. Al final de los días, quien así haya vivido, con orgullo va a poder decir que amó porque sufrió por amor, que recobró porque primero perdió, que cada mala experiencia le sirvió para que la próxima, que quizá mala también, le servirá para la próxima. En fin, que lo que el árbol tiene de florido vive de lo que tiene sepultado. Las miserias, las cruces, aquello que necesariamente debemos cargar durante toda la vida, pero que nos hace ser como somos, como fuimos.

¿Cuál es, entonces, la vida?



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En paz (Amado Nervo)

Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, vida,
porque nunca me diste ni esperanza fallida,
ni trabajos injustos, ni pena inmerecida;

porque veo al final de mi rudo camino
que yo fui el arquitecto de mi propio destino;

que si extraje las mieles o la hiel de las cosas,
fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas:
cuando planté rosales, coseché siempre rosas.

...Cierto, a mis lozanías va a seguir el invierno:
¡mas tú no me dijiste que mayo fuese eterno!

Hallé sin duda largas las noches de mis penas;
mas no me prometiste tan sólo noches buenas;
y en cambio tuve algunas santamente serenas...

Amé, fui amado, el sol acarició mi faz.
¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!

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El remordimiento (J. L. Borges)

He cometido el peor de los pecados
que un hombre puede cometer. No he sido
feliz. Que los glaciares del olvido
me arrastren y me pierdan, despiadados.

Mis padres me engendraron para el juego
arriesgado y hermoso de la vida,
para la tierra, el agua, el aire, el fuego.
Los defraudé. No fui feliz. Cumplida

no fue su joven voluntad. Mi mente
se aplicó a las simétricas porfías
del arte, que entreteje naderías.

Me legaron valor. No fui valiente.
No me abandona. Siempre está a mi lado
La sombra de haber sido un desdichado.

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Para recobrar (Francisco Luiz Bernárdez)

Si para recobrar lo recobrado
debí perder primero lo perdido,
si para conseguir lo conseguido
tuve que soportar lo soportado,

si para estar ahora enamorado
fue menester haber estado herido,
tengo por bien sufrido lo sufrido,
tengo por bien llorado lo llorado.

Porque después de todo he comprobado
que no se goza bien de lo gozado
sino después de haberlo padecido.

Porque después de todo he comprendido
por lo que el árbol tiene de florido
vive de lo que tiene sepultado.

domingo, 11 de enero de 2015

Por lo complejo y simple de la palabra,
es que podemos pensar;
También podemos sufrir,
también podemos soñar.

Por la palabra, sólo por ella,
nos atrapa la humanidad;
tomamos conciencia del mundo,
tenemos cómo confiar.

Por la palabra, sólo con ella,
también tenemos crueldad;
Si no une, divide al hombre,
si no ama, complica amar.

Por la palabra y con la palabra,
nos podemos purificar;
podemos quitar demonios,
podemos andar en paz.

Por cada palabra un gesto,
por cada gesto un actuar;
Así se construyen destinos,
así es que se puede andar.

Por cada destino, un mundo,
por cada mundo, una paz;
La paz se expresa en palabras
que no se dicen, que conviene escuchar.


Preocupado, como queriendo evadirse por primera vez de su hábito reflexivo, abrió el diario y comenzó a leer las noticias que hoy importan: escándalo, horóscopos, farándula. No podía lograr tranquilidad. – ¿Qué es lo que me inquieta tanto? – se preguntó, con la angustia propia de quién busca los por qué y no los encuentra. Clavó su mirada en su taza de café ya frío, encendió otro cigarrillo, su cabeza estaba en la nada y a la vez en todo. Suspiró, como resignado, y agarró de nuevo el diario, lo abrió al azar y leyó abajo, en un rincón aislado, la insignificante noticia: “Cierra la última florería de la ciudad”. Se vistió, se puso el abrigo y salió al trabajo pensando que a partir de ese día, la ciudad se marchitaba y su gente como si nada.

jueves, 8 de enero de 2015

Robespierre, destacado líder de la Revolución Francesa, caído en manos termidorianas fue llevado a la Plaza de la Revolución y, en nombre de la Revolución, guillotinado.

A la caída del Tercer Reich, en los Juicios de Núremberg la mayoría de los jerarcas nazis fueron condenados, en nombre de la vida, a la pena de muerte a través de la horca.

A la caída del régimen fascista italiano, Benito Mussolini fue fusilado y su cuerpo luego fue trasladado a Milán para ser colgado públicamente boca abajo.


Y así, hasta hoy, se va repitiendo la historia porque quizás la historia está hecha para repetirse hasta el hartazgo. Sin embargo yo creo que, muchas veces, un enemigo es como un espejo donde nos reflejamos sin darnos cuenta. Pero también ocurre que no existe el espejo perfecto que no devuelva una imagen que se encuentre aunque sea un poco, hasta imperceptiblemente, distorsionada, y en la conciencia de esto es que está la posibilidad de diferenciación. No vaya a ser cosa que de tanto mirarnos en el espejo del enemigo nos transformemos en piedra.

miércoles, 7 de enero de 2015

Creo

En esto también creo...
En un padre que no sea ni dios ni todopoderoso;
En un hijo, que no sea único hijo, pero que sea un señor;
En un hijo que no sea concebido por obra de ningún espíritu pero sí por su gracia;
En un hijo que no nazca de una virgen, aunque sea santísima;
En un hijo que no padezca bajo ningún poder, pero sepa padecer;
Que no sea crucificado pero aprenda a cargar sus cruces;
Que no sea muerto ni sepultado antes de mí;
Que descienda a los infiernos de las injusticias humanas y resucite entre sus muertos, sin importar la cantidad de días y noches;
Que suba su alma a los cielos de este mundo;
Que se siente a la derecha o a la izquierda, pero con su padre;
Que no juzgue a vivos ni muertos; que no juzgue.

En un espíritu; en la comunión de los hombres; en el perdón; en la carne; en la vida.

En el “amen”.


domingo, 4 de enero de 2015

Dignidades

Altaír estaba en su cama recostado, fumando, con la mirada fija puesta en ese cuadro de bazar que reproducía la reconocida obra del impresionista holandés Vincent Van Gogh, una obra cuyo único protagonista es un par de botas gastadas que ha dado lugar a más debates que disfrutes.

Los minutos de ocio se le terminaban, como se terminan muchas otras cosas. Altaír tenía que salir hacia el trabajo pero la obra lo atrapaba. El despropósito de las botas gastadas por la fatiga del andar laborioso, el temor por la seguridad del pan, la callada alegría de la posibilidad de salir de la miseria. No tenía respuesta a la pregunta nunca hecha y que era mejor no hacer.

—Ya las 6:45 del día martes de algún mes de algún año —se dijo Altaír—. Tengo que irme. Parco y huraño, al paso por la plaza principal de la ciudad pudo ver que abajo de un árbol, recostado sobre un banco, un hombre viejo se refugiaba en sí mismo para no morir congelado. —Discúlpeme ¿usted sabe que aquí cerca hay un centro donde le pueden dar un poco de comida, algo caliente para tomar, con suerte también un abrigo?, le dijo Altaír. —Ya lo sé, pero no pienso ir. Mire, nos tratan como animales. La verdad es que nos tratan como animales. Con desprecio nos ofrecen la falsa ayuda con la que pretenden lavar los pecados del desinterés por todos nosotros, los pobres. Pobreza atendida por sus propios dueños. Ellos son los dueños y nos obligan a nosotros a cargar con ella. Ellos la crean, los ricos. Existimos los pobres porque los ricos son muy ricos, y no quieren dejar de serlo, por lo tanto no quieren que nosotros dejemos de ser pobres. La limosna los deja tranquilos, le replicó el hombre.
El día en el trabajo fue como los demás. Cuando Altaír salió se fue al bar de siempre. Los parroquianos entraban y salían, pero al final, cuando caía la noche, quedaban siempre los mismos. No era un buen bar, ni siquiera era limpio. El hedor rancio parecía ya ser una parte de esa vieja casona del sur de la ciudad en la que, según cuentan los más viejos, se había hospedado Facundo Quiroga por última vez antes de seguir su marcha hacia el fatal destino de Barranca Yaco, donde fue emboscado. En la esquina del bar una prostituta se dispuso a esperar algún cliente. Unas mesas más allá, dos hombres de traje alegaban cierta analogía entre sus vidas de ascensos en una mediana empresa local con la vida de la prostituta. De humillaciones sabemos todos, aunque no todos tenemos el mismo umbral de tolerancia.

Un auto rojo paró donde la prostituta y, sin negociación previa, la prostituta subió.

—Ya las 21:27 del día martes de algún mes de algún año —se dijo Altaír—. Tengo que irme. Apenas unas cuadras más allá del bar, una mujer viene caminando hacia donde esta él. No lo miraba, pero Altaír, fumando, fijó la mirada en ella como quien la fija en un cuadro de bazar que reproduce una obra de Vincent Van Gogh cuyo único protagonista son unas botas gastadas. —Es la prostituta, se dijo Altaír. Ella tenía los ojos fríos pero vidriosos, la cara inmune a cualquier gesto que denote algún estado anímico, pero los ojos no mienten. —¿Le pasa algo?, preguntó Altaír. —La gente se piensa que con una puede hacer lo que quiera —sentenció ella—. Mire, soy prostituta, como sabrá. Yo sé que usted sabe porque me ve siempre desde el bar que tiene hedor rancio desde los tiempos en que, según dicen los más viejos, era una vieja casona donde estuvo Facundo Quiroga. Un hombre, un cliente, usted lo vio, el del auto rojo, me dijo que no tenía para pagarme más que unos zapatos caros, supongo que eran caros porque yo nunca tuve zapatos como esos, unos zapatos que le había comprado a su esposa, pero no se los acepté. No es la primera vez que esto pasa con él. Igualmente yo sé que va a volver y que otra vez, en algún momento, va a pasar lo mismo. Va a volver y yo voy a volver a subir al auto rojo, que mañana puede ser de otro color. Mire, es que hay algunas personas a las que nunca les dijeron que no. Nadie se anima. Yo soy prostituta, usted sabe. Una prostituta diciéndole a un rico que no acepta su limosna es mi venganza. Existimos las prostitutas porque los ricos son muy ricos, y no quieren dejar de serlo. La limosna los deja tranquilos. Pero las prostitutas, como los pobres, tenemos dignidad, dijo con una sonrisa que se le dibujaba sólo de un lado de la boca. De humillaciones sabemos todos, aunque no todos tenemos el mismo umbral de tolerancia.

Altaír volvió a su casa, estaba en su cama recostado, fumando, con la mirada fija puesta en ese cuadro de bazar que reproducía las botas de Van Gogh.



sábado, 3 de enero de 2015

Escúcheme, Padre.

— Mire Padre, siento culpa. Pero no es la culpa cristiana, creo que no es lo que ustedes llaman culpa. Creo que ustedes llaman culpa al hacer cosas que lastiman a los demás, y yo no lastimé a nadie. En realidad puedo haber lastimado, creo que lastimé, estoy seguro que lastimé pero yo no quería lastimar. Pero no es a lo que ustedes llaman culpa, creo. No es la culpa por lo que hice sino por lo que no hice, o porque hice pero no todo lo que podía, o no todo lo que quería. O porque hice todo lo que podía y quería pero no fue suficiente para hacer todo lo que deseaba. ¿Por qué, Padre? Pero también ¿por qué no? No sé si me entiende Padre. Usted me dijo que Dios escribía recto en renglones torcidos, Padre. Puede ser que eso es lo que pase, que siento culpa porque torcí los renglones. Tampoco sé si Dios escribió recto en esos renglones, pero le voy a creer porque es un bálsamo.

Mire Padre, yo creo, estoy convencido, que no hice todo lo que podía hacer. Algo me frenó. Realmente quería pero por algo no pude. Usted no es psicólogo, Padre. Es un amigo, un consejero, pero no es psicólogo, sabe lo que quiero decir, no se me ofenda. Yo quise, Padre. Intenté. ¿Por qué me doy cuenta ahora y no me di cuenta antes? ¿Es que nos damos cuenta cuando todo está perdido? ¿Cuándo está todo perdido en realidad, Padre? Yo creo que está todo perdido cuando no hemos aprendido nada, no cuando las cosas se perdieron, ¿me entiende? Lo que quiero decir es que en la vida siempre estamos perdiendo cosas, y no me refiero a un encendedor, no me refiero a las llaves. Usted sabe a qué me refiero. Me refiero a perder cosas, las que valen la pena. Es raro decir que algo vale la pena porque uno no puede valorar una pena, es un oxímoron. Si la pena valdría algo ya la venderían, como la felicidad ¿o no ve que constantemente nos están ofreciendo felicidad envasada? Pero quiero volver a lo que estaba contándole, Padre. La culpa. El sentimiento de culpa que se asemeja a la frustración. Eso es, creo que eso es. Creo que cuando le digo culpa me estoy refiriendo a la frustración. Está claro. Creo que está claro. La frustración viene cuando las cosas no son como queremos, y cuando le digo cosas no me refiero a un encendedor o a las llaves, como ya le dije. ¿Sabe lo que creo Padre? Creo que todos venimos condicionados por las experiencias pasadas y de ahí los miedos, que se transforman en frenos, que se transforman en frustraciones, que se transforman en sentimientos de culpa. No de la culpa Cristiana, sino de la otra, de la que le estoy hablando. Realmente siempre podemos hacer más, incluso cuando hacemos todo ¿entonces por qué ese sentimiento si supongo es la situación que más personas viven la mayoría de las veces de sus vidas? Debería ser lo normal. Si, eso es lo normal, y lo anormal, lo exótico, lo raro, lo inexplicable, es cuando dimos todo -y no todo, porque siempre sabemos que podemos hacer más- y las cosas salieron como quisimos. Entendí, Padre. Entendí y nada me asegura que no me vuelva a pasar lo mismo. Usted sabe, es lo normal. Las frustraciones son como el barro. Usted sabe Padre, cuando llovió y nos caímos al suelo, nos levantamos, nos limpiamos un poco el barro y seguimos jugando el partido porque pueden pasar solamente dos cosas: o no nos volvemos a caer, o nos volvemos a limpiar.

La verdad es que le agradezco que me haya escuchado.



“Básicamente hacemos
lo que podemos hacer
esto siempre será así”