— Mire Padre, siento culpa. Pero no es la culpa cristiana, creo que
no es lo que ustedes llaman culpa. Creo que ustedes llaman culpa al
hacer cosas que lastiman a los demás, y yo no lastimé a nadie. En
realidad puedo haber lastimado, creo que lastimé, estoy seguro que
lastimé pero yo no quería lastimar. Pero no es a lo que ustedes
llaman culpa, creo. No es la culpa por lo que hice sino por lo que no
hice, o porque hice pero no todo lo que podía, o no todo lo que
quería. O porque hice todo lo que podía y quería pero no fue
suficiente para hacer todo lo que deseaba. ¿Por qué, Padre? Pero
también ¿por qué no? No sé si me entiende Padre. Usted me dijo
que Dios escribía recto en renglones torcidos, Padre. Puede ser que
eso es lo que pase, que siento culpa porque torcí los renglones.
Tampoco sé si Dios escribió recto en esos renglones, pero le voy a
creer porque es un bálsamo.
Mire Padre, yo creo, estoy convencido, que no hice todo lo que
podía hacer. Algo me frenó. Realmente quería pero por algo no
pude. Usted no es psicólogo, Padre. Es un amigo, un consejero, pero
no es psicólogo, sabe lo que quiero decir, no se me ofenda. Yo
quise, Padre. Intenté. ¿Por qué me doy cuenta ahora y no me di
cuenta antes? ¿Es que nos damos cuenta cuando todo está perdido?
¿Cuándo está todo perdido en realidad, Padre? Yo creo que está
todo perdido cuando no hemos aprendido nada, no cuando las cosas se
perdieron, ¿me entiende? Lo que quiero decir es que en la vida
siempre estamos perdiendo cosas, y no me refiero a un encendedor, no
me refiero a las llaves. Usted sabe a qué me refiero. Me refiero a
perder cosas, las que valen la pena. Es raro decir que algo vale la
pena porque uno no puede valorar una pena, es un oxímoron. Si la
pena valdría algo ya la venderían, como la felicidad ¿o no ve que
constantemente nos están ofreciendo felicidad envasada? Pero quiero
volver a lo que estaba contándole, Padre. La culpa. El sentimiento
de culpa que se asemeja a la frustración. Eso es, creo que eso es.
Creo que cuando le digo culpa me estoy refiriendo a la frustración.
Está claro. Creo que está claro. La frustración viene cuando las
cosas no son como queremos, y cuando le digo cosas no me refiero a un
encendedor o a las llaves, como ya le dije. ¿Sabe lo que creo Padre?
Creo que todos venimos condicionados por las experiencias pasadas y
de ahí los miedos, que se transforman en frenos, que se transforman
en frustraciones, que se transforman en sentimientos de culpa. No de
la culpa Cristiana, sino de la otra, de la que le estoy hablando.
Realmente siempre podemos hacer más, incluso cuando hacemos todo
¿entonces por qué ese sentimiento si supongo es la situación que
más personas viven la mayoría de las veces de sus vidas? Debería
ser lo normal. Si, eso es lo normal, y lo anormal, lo exótico, lo
raro, lo inexplicable, es cuando dimos todo -y no todo, porque
siempre sabemos que podemos hacer más- y las cosas salieron como
quisimos. Entendí, Padre. Entendí y nada me asegura que no me
vuelva a pasar lo mismo. Usted sabe, es lo normal. Las frustraciones
son como el barro. Usted sabe Padre, cuando llovió y nos caímos al
suelo, nos levantamos, nos limpiamos un poco el barro y seguimos
jugando el partido porque pueden pasar solamente dos cosas: o no nos
volvemos a caer, o nos volvemos a limpiar.
La verdad es que le agradezco que me haya escuchado.
“Básicamente hacemos
lo que podemos hacer
esto siempre
será así”
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