domingo, 11 de enero de 2015

Por lo complejo y simple de la palabra,
es que podemos pensar;
También podemos sufrir,
también podemos soñar.

Por la palabra, sólo por ella,
nos atrapa la humanidad;
tomamos conciencia del mundo,
tenemos cómo confiar.

Por la palabra, sólo con ella,
también tenemos crueldad;
Si no une, divide al hombre,
si no ama, complica amar.

Por la palabra y con la palabra,
nos podemos purificar;
podemos quitar demonios,
podemos andar en paz.

Por cada palabra un gesto,
por cada gesto un actuar;
Así se construyen destinos,
así es que se puede andar.

Por cada destino, un mundo,
por cada mundo, una paz;
La paz se expresa en palabras
que no se dicen, que conviene escuchar.


Preocupado, como queriendo evadirse por primera vez de su hábito reflexivo, abrió el diario y comenzó a leer las noticias que hoy importan: escándalo, horóscopos, farándula. No podía lograr tranquilidad. – ¿Qué es lo que me inquieta tanto? – se preguntó, con la angustia propia de quién busca los por qué y no los encuentra. Clavó su mirada en su taza de café ya frío, encendió otro cigarrillo, su cabeza estaba en la nada y a la vez en todo. Suspiró, como resignado, y agarró de nuevo el diario, lo abrió al azar y leyó abajo, en un rincón aislado, la insignificante noticia: “Cierra la última florería de la ciudad”. Se vistió, se puso el abrigo y salió al trabajo pensando que a partir de ese día, la ciudad se marchitaba y su gente como si nada.

jueves, 8 de enero de 2015

Robespierre, destacado líder de la Revolución Francesa, caído en manos termidorianas fue llevado a la Plaza de la Revolución y, en nombre de la Revolución, guillotinado.

A la caída del Tercer Reich, en los Juicios de Núremberg la mayoría de los jerarcas nazis fueron condenados, en nombre de la vida, a la pena de muerte a través de la horca.

A la caída del régimen fascista italiano, Benito Mussolini fue fusilado y su cuerpo luego fue trasladado a Milán para ser colgado públicamente boca abajo.


Y así, hasta hoy, se va repitiendo la historia porque quizás la historia está hecha para repetirse hasta el hartazgo. Sin embargo yo creo que, muchas veces, un enemigo es como un espejo donde nos reflejamos sin darnos cuenta. Pero también ocurre que no existe el espejo perfecto que no devuelva una imagen que se encuentre aunque sea un poco, hasta imperceptiblemente, distorsionada, y en la conciencia de esto es que está la posibilidad de diferenciación. No vaya a ser cosa que de tanto mirarnos en el espejo del enemigo nos transformemos en piedra.

miércoles, 7 de enero de 2015

Creo

En esto también creo...
En un padre que no sea ni dios ni todopoderoso;
En un hijo, que no sea único hijo, pero que sea un señor;
En un hijo que no sea concebido por obra de ningún espíritu pero sí por su gracia;
En un hijo que no nazca de una virgen, aunque sea santísima;
En un hijo que no padezca bajo ningún poder, pero sepa padecer;
Que no sea crucificado pero aprenda a cargar sus cruces;
Que no sea muerto ni sepultado antes de mí;
Que descienda a los infiernos de las injusticias humanas y resucite entre sus muertos, sin importar la cantidad de días y noches;
Que suba su alma a los cielos de este mundo;
Que se siente a la derecha o a la izquierda, pero con su padre;
Que no juzgue a vivos ni muertos; que no juzgue.

En un espíritu; en la comunión de los hombres; en el perdón; en la carne; en la vida.

En el “amen”.


domingo, 4 de enero de 2015

Dignidades

Altaír estaba en su cama recostado, fumando, con la mirada fija puesta en ese cuadro de bazar que reproducía la reconocida obra del impresionista holandés Vincent Van Gogh, una obra cuyo único protagonista es un par de botas gastadas que ha dado lugar a más debates que disfrutes.

Los minutos de ocio se le terminaban, como se terminan muchas otras cosas. Altaír tenía que salir hacia el trabajo pero la obra lo atrapaba. El despropósito de las botas gastadas por la fatiga del andar laborioso, el temor por la seguridad del pan, la callada alegría de la posibilidad de salir de la miseria. No tenía respuesta a la pregunta nunca hecha y que era mejor no hacer.

—Ya las 6:45 del día martes de algún mes de algún año —se dijo Altaír—. Tengo que irme. Parco y huraño, al paso por la plaza principal de la ciudad pudo ver que abajo de un árbol, recostado sobre un banco, un hombre viejo se refugiaba en sí mismo para no morir congelado. —Discúlpeme ¿usted sabe que aquí cerca hay un centro donde le pueden dar un poco de comida, algo caliente para tomar, con suerte también un abrigo?, le dijo Altaír. —Ya lo sé, pero no pienso ir. Mire, nos tratan como animales. La verdad es que nos tratan como animales. Con desprecio nos ofrecen la falsa ayuda con la que pretenden lavar los pecados del desinterés por todos nosotros, los pobres. Pobreza atendida por sus propios dueños. Ellos son los dueños y nos obligan a nosotros a cargar con ella. Ellos la crean, los ricos. Existimos los pobres porque los ricos son muy ricos, y no quieren dejar de serlo, por lo tanto no quieren que nosotros dejemos de ser pobres. La limosna los deja tranquilos, le replicó el hombre.
El día en el trabajo fue como los demás. Cuando Altaír salió se fue al bar de siempre. Los parroquianos entraban y salían, pero al final, cuando caía la noche, quedaban siempre los mismos. No era un buen bar, ni siquiera era limpio. El hedor rancio parecía ya ser una parte de esa vieja casona del sur de la ciudad en la que, según cuentan los más viejos, se había hospedado Facundo Quiroga por última vez antes de seguir su marcha hacia el fatal destino de Barranca Yaco, donde fue emboscado. En la esquina del bar una prostituta se dispuso a esperar algún cliente. Unas mesas más allá, dos hombres de traje alegaban cierta analogía entre sus vidas de ascensos en una mediana empresa local con la vida de la prostituta. De humillaciones sabemos todos, aunque no todos tenemos el mismo umbral de tolerancia.

Un auto rojo paró donde la prostituta y, sin negociación previa, la prostituta subió.

—Ya las 21:27 del día martes de algún mes de algún año —se dijo Altaír—. Tengo que irme. Apenas unas cuadras más allá del bar, una mujer viene caminando hacia donde esta él. No lo miraba, pero Altaír, fumando, fijó la mirada en ella como quien la fija en un cuadro de bazar que reproduce una obra de Vincent Van Gogh cuyo único protagonista son unas botas gastadas. —Es la prostituta, se dijo Altaír. Ella tenía los ojos fríos pero vidriosos, la cara inmune a cualquier gesto que denote algún estado anímico, pero los ojos no mienten. —¿Le pasa algo?, preguntó Altaír. —La gente se piensa que con una puede hacer lo que quiera —sentenció ella—. Mire, soy prostituta, como sabrá. Yo sé que usted sabe porque me ve siempre desde el bar que tiene hedor rancio desde los tiempos en que, según dicen los más viejos, era una vieja casona donde estuvo Facundo Quiroga. Un hombre, un cliente, usted lo vio, el del auto rojo, me dijo que no tenía para pagarme más que unos zapatos caros, supongo que eran caros porque yo nunca tuve zapatos como esos, unos zapatos que le había comprado a su esposa, pero no se los acepté. No es la primera vez que esto pasa con él. Igualmente yo sé que va a volver y que otra vez, en algún momento, va a pasar lo mismo. Va a volver y yo voy a volver a subir al auto rojo, que mañana puede ser de otro color. Mire, es que hay algunas personas a las que nunca les dijeron que no. Nadie se anima. Yo soy prostituta, usted sabe. Una prostituta diciéndole a un rico que no acepta su limosna es mi venganza. Existimos las prostitutas porque los ricos son muy ricos, y no quieren dejar de serlo. La limosna los deja tranquilos. Pero las prostitutas, como los pobres, tenemos dignidad, dijo con una sonrisa que se le dibujaba sólo de un lado de la boca. De humillaciones sabemos todos, aunque no todos tenemos el mismo umbral de tolerancia.

Altaír volvió a su casa, estaba en su cama recostado, fumando, con la mirada fija puesta en ese cuadro de bazar que reproducía las botas de Van Gogh.



sábado, 3 de enero de 2015

Escúcheme, Padre.

— Mire Padre, siento culpa. Pero no es la culpa cristiana, creo que no es lo que ustedes llaman culpa. Creo que ustedes llaman culpa al hacer cosas que lastiman a los demás, y yo no lastimé a nadie. En realidad puedo haber lastimado, creo que lastimé, estoy seguro que lastimé pero yo no quería lastimar. Pero no es a lo que ustedes llaman culpa, creo. No es la culpa por lo que hice sino por lo que no hice, o porque hice pero no todo lo que podía, o no todo lo que quería. O porque hice todo lo que podía y quería pero no fue suficiente para hacer todo lo que deseaba. ¿Por qué, Padre? Pero también ¿por qué no? No sé si me entiende Padre. Usted me dijo que Dios escribía recto en renglones torcidos, Padre. Puede ser que eso es lo que pase, que siento culpa porque torcí los renglones. Tampoco sé si Dios escribió recto en esos renglones, pero le voy a creer porque es un bálsamo.

Mire Padre, yo creo, estoy convencido, que no hice todo lo que podía hacer. Algo me frenó. Realmente quería pero por algo no pude. Usted no es psicólogo, Padre. Es un amigo, un consejero, pero no es psicólogo, sabe lo que quiero decir, no se me ofenda. Yo quise, Padre. Intenté. ¿Por qué me doy cuenta ahora y no me di cuenta antes? ¿Es que nos damos cuenta cuando todo está perdido? ¿Cuándo está todo perdido en realidad, Padre? Yo creo que está todo perdido cuando no hemos aprendido nada, no cuando las cosas se perdieron, ¿me entiende? Lo que quiero decir es que en la vida siempre estamos perdiendo cosas, y no me refiero a un encendedor, no me refiero a las llaves. Usted sabe a qué me refiero. Me refiero a perder cosas, las que valen la pena. Es raro decir que algo vale la pena porque uno no puede valorar una pena, es un oxímoron. Si la pena valdría algo ya la venderían, como la felicidad ¿o no ve que constantemente nos están ofreciendo felicidad envasada? Pero quiero volver a lo que estaba contándole, Padre. La culpa. El sentimiento de culpa que se asemeja a la frustración. Eso es, creo que eso es. Creo que cuando le digo culpa me estoy refiriendo a la frustración. Está claro. Creo que está claro. La frustración viene cuando las cosas no son como queremos, y cuando le digo cosas no me refiero a un encendedor o a las llaves, como ya le dije. ¿Sabe lo que creo Padre? Creo que todos venimos condicionados por las experiencias pasadas y de ahí los miedos, que se transforman en frenos, que se transforman en frustraciones, que se transforman en sentimientos de culpa. No de la culpa Cristiana, sino de la otra, de la que le estoy hablando. Realmente siempre podemos hacer más, incluso cuando hacemos todo ¿entonces por qué ese sentimiento si supongo es la situación que más personas viven la mayoría de las veces de sus vidas? Debería ser lo normal. Si, eso es lo normal, y lo anormal, lo exótico, lo raro, lo inexplicable, es cuando dimos todo -y no todo, porque siempre sabemos que podemos hacer más- y las cosas salieron como quisimos. Entendí, Padre. Entendí y nada me asegura que no me vuelva a pasar lo mismo. Usted sabe, es lo normal. Las frustraciones son como el barro. Usted sabe Padre, cuando llovió y nos caímos al suelo, nos levantamos, nos limpiamos un poco el barro y seguimos jugando el partido porque pueden pasar solamente dos cosas: o no nos volvemos a caer, o nos volvemos a limpiar.

La verdad es que le agradezco que me haya escuchado.



“Básicamente hacemos
lo que podemos hacer
esto siempre será así”



Presentación.

Me llamo Mariano y aunque siempre quise presentarme como lo hacía Juan Rulfo, no me apilaron todos los nombres de mis antepasados paternos ni maternos como si fuera el vástago de un racimo de plátanos. Tampoco tuve una vida tormentosa ni he escrito textos que valgan la pena.

Me llamo Mariano y escribo para mí. Escribo de lo que no sé. Jamás borro lo que escribo. Escribo un poco cada día, sin esperanza y sin desesperación, o quisiera que Isak Dinesen dijera eso de mí. Escribo porque escribir es pensar. También empiezo a publicar para pensar en voz alta.

Me llamo Mariano y aunque no tuve más que un par de desamores me gusta creer que me bastaron para aprenderlo todo.

Me llamo Mariano y me gustan los relatos cortos porque cada palabra tiene que ser clara y precisa, consecuencia de la que la antecede y causa de la próxima. Y porque los puntos finales llegan más rápido, aunque para poner puntos finales tengo una gran dificultad.

Me llamo Mariano y me gusta la complejidad de las cosas, aunque siempre las cosas se me escapen por lo fino y evidente.

Me llamo Mariano y no busco nada, porque lo que busco son respuestas a las cosas que no la tienen, respuestas que son más preguntas.

Me llamo Mariano y escribo de lo que no sé, incluso cuando escribo sobre mí.