Altaír estaba en su cama recostado, fumando, con la mirada fija
puesta en ese cuadro de bazar que reproducía la reconocida obra del
impresionista holandés Vincent Van Gogh, una obra cuyo único
protagonista es un par de botas gastadas que ha dado lugar a más
debates que disfrutes.
Los minutos de ocio se le terminaban, como se terminan muchas
otras cosas. Altaír tenía que salir hacia el trabajo pero la obra
lo atrapaba. El despropósito de las botas gastadas por la fatiga del
andar laborioso, el temor por la seguridad del pan, la callada
alegría de la posibilidad de salir de la miseria. No tenía
respuesta a la pregunta nunca hecha y que era mejor no hacer.
—Ya las 6:45 del día martes de algún mes de algún año —se
dijo Altaír—. Tengo que irme. Parco y huraño, al paso por la
plaza principal de la ciudad pudo ver que abajo de un árbol,
recostado sobre un banco, un hombre viejo se refugiaba en sí mismo
para no morir congelado. —Discúlpeme ¿usted sabe que aquí cerca
hay un centro donde le pueden dar un poco de comida, algo caliente
para tomar, con suerte también un abrigo?, le dijo Altaír. —Ya lo
sé, pero no pienso ir. Mire, nos tratan como animales. La verdad es
que nos tratan como animales. Con desprecio nos ofrecen la falsa
ayuda con la que pretenden lavar los pecados del desinterés por
todos nosotros, los pobres. Pobreza atendida por sus propios dueños.
Ellos son los dueños y nos obligan a nosotros a cargar con ella.
Ellos la crean, los ricos. Existimos los pobres porque los ricos son
muy ricos, y no quieren dejar de serlo, por lo tanto no quieren que
nosotros dejemos de ser pobres. La limosna los deja tranquilos, le
replicó el hombre.
El día en el trabajo fue como los demás. Cuando Altaír salió
se fue al bar de siempre. Los parroquianos entraban y salían, pero
al final, cuando caía la noche, quedaban siempre los mismos. No era
un buen bar, ni siquiera era limpio. El hedor rancio parecía ya ser
una parte de esa vieja casona del sur de la ciudad en la que, según
cuentan los más viejos, se había hospedado Facundo Quiroga por
última vez antes de seguir su marcha hacia el fatal destino de
Barranca Yaco, donde fue emboscado. En la esquina del bar una
prostituta se dispuso a esperar algún cliente. Unas mesas más allá,
dos hombres de traje alegaban cierta analogía entre sus vidas de
ascensos en una mediana empresa local con la vida de la prostituta.
De humillaciones sabemos todos, aunque no todos tenemos el mismo
umbral de tolerancia.
Un auto rojo paró donde la prostituta y, sin negociación previa,
la prostituta subió.
—Ya las 21:27 del día martes de algún mes de algún año —se
dijo Altaír—. Tengo que irme. Apenas unas cuadras más allá del
bar, una mujer viene caminando hacia donde esta él. No lo miraba,
pero Altaír, fumando, fijó la mirada en ella como quien la fija en
un cuadro de bazar que reproduce una obra de Vincent Van Gogh cuyo
único protagonista son unas botas gastadas. —Es la prostituta, se
dijo Altaír. Ella tenía los ojos fríos pero vidriosos, la cara
inmune a cualquier gesto que denote algún estado anímico, pero los
ojos no mienten. —¿Le pasa algo?, preguntó Altaír. —La gente
se piensa que con una puede hacer lo que quiera —sentenció ella—.
Mire, soy prostituta, como sabrá. Yo sé que usted sabe porque me ve
siempre desde el bar que tiene hedor rancio desde los tiempos en que,
según dicen los más viejos, era una vieja casona donde estuvo
Facundo Quiroga. Un hombre, un cliente, usted lo vio, el del auto
rojo, me dijo que no tenía para pagarme más que unos zapatos caros,
supongo que eran caros porque yo nunca tuve zapatos como esos, unos
zapatos que le había comprado a su esposa, pero no se los acepté.
No es la primera vez que esto pasa con él. Igualmente yo sé que va
a volver y que otra vez, en algún momento, va a pasar lo mismo. Va a
volver y yo voy a volver a subir al auto rojo, que mañana puede ser
de otro color. Mire, es que hay algunas personas a las que nunca les
dijeron que no. Nadie se anima. Yo soy prostituta, usted sabe. Una
prostituta diciéndole a un rico que no acepta su limosna es mi
venganza. Existimos las prostitutas porque los ricos son muy ricos, y
no quieren dejar de serlo. La limosna los deja tranquilos. Pero las
prostitutas, como los pobres, tenemos dignidad, dijo con una sonrisa
que se le dibujaba sólo de un lado de la boca. De humillaciones
sabemos todos, aunque no todos tenemos el mismo umbral de tolerancia.
Altaír volvió a su casa, estaba en su cama recostado, fumando,
con la mirada fija puesta en ese cuadro de bazar que reproducía las
botas de Van Gogh.