¿Cómo vamos a ver
nuestra vida si al llegar a su final somos plenamente conscientes de
ello? Pero también se trata de una actitud para con la vida aún
desconociendo cuándo va a ser el ocaso.
Siempre me pregunté
qué, por qué o para qué, y nunca la respuesta es la misma. En
general, creo, depende del momento actual de cada uno. Sin embargo,
quiero compartir tres poesías que se enfrentan a estos interrogantes
de maneras distintas. Quizá las tres sintetizan lo que se suele
creer o sentir, que suele ser lo mismo.
Amado Nervo se va
“En paz”, está en su ocaso y siente que la vida nada le debe.
Nervo es consciente, o siente, que cosechó su siembra. Quizá es un
conformista. Lo que no tuve no debí tenerlo, lo que tuve estuvo bien
tenerlo.
Borges -al menos la poesía se le atribuye a él, aunque no se sabe con certeza-, que
difícilmente estuvo en paz consigo mismo en algún momento, termina
sus días con el sentimiento de que nada ha logrado: “El
remordimiento”. Todo lo que tuvo de nada le sirvió: no ha sido
feliz. Al leerlo, invade la melancolía de ver una vida gastada, de
tiempo perdido y de arrepentimiento.
Por fin, Francisco
Luis Bernárdez nos trae una tercera vía: la experiencia. Nos deja
un mensaje claro: busquemos recobrar. Si nos caímos, nos levantamos.
Nos vamos a volver a caer, nos vamos a volver a levantar. Al final de
los días, quien así haya vivido, con orgullo va a poder decir que
amó porque sufrió por amor, que recobró porque primero perdió,
que cada mala experiencia le sirvió para que la próxima, que quizá
mala también, le servirá para la próxima. En fin, que lo que el
árbol tiene de florido vive de lo que tiene sepultado. Las miserias,
las cruces, aquello que necesariamente debemos cargar durante toda la
vida, pero que nos hace ser como somos, como fuimos.
¿Cuál es,
entonces, la vida?
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Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, vida,
porque nunca me diste ni esperanza fallida,
ni trabajos injustos, ni pena inmerecida;
porque veo al final de mi rudo camino
que yo fui el arquitecto de mi propio destino;
que si extraje las mieles o la hiel de las cosas,
fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas:
cuando planté rosales, coseché siempre rosas.
...Cierto, a mis lozanías va a seguir el invierno:
¡mas tú no me dijiste que mayo fuese eterno!
Hallé sin duda largas las noches de mis penas;
mas no me prometiste tan sólo noches buenas;
y en cambio tuve algunas santamente serenas...
Amé, fui amado, el sol acarició mi faz.
¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!
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El remordimiento (J. L. Borges)
He cometido el peor de los pecados
que un hombre puede cometer. No he sido
feliz. Que los glaciares del olvido
me arrastren y me pierdan, despiadados.
Mis padres me engendraron para el juego
arriesgado y hermoso de la vida,
para la tierra, el agua, el aire, el fuego.
Los defraudé. No fui feliz. Cumplida
no fue su joven voluntad. Mi mente
se aplicó a las simétricas porfías
del arte, que entreteje naderías.
Me legaron valor. No fui valiente.
No me abandona. Siempre está a mi lado
La sombra de haber sido un desdichado.
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Para recobrar (Francisco Luiz Bernárdez)
Si para recobrar lo recobrado
debí perder primero lo perdido,
si para conseguir lo conseguido
tuve que soportar lo soportado,
si para estar ahora enamorado
fue menester haber estado herido,
tengo por bien sufrido lo sufrido,
tengo por bien llorado lo llorado.
Porque después de todo he comprobado
que no se goza bien de lo gozado
sino después de haberlo padecido.
Porque después de todo he comprendido
por lo que el árbol tiene de florido
vive de lo que tiene sepultado.